La Asociación Cultural La Lastra organiza un Club de Lectura

•21 mayo 2022 • 4 comentarios

Nuestra Asociación Cultural ha puesto en marcha un proyecto de fomento del hábito lector, por medio de un Club de Lectura, que ha sido acogido estupendamente por los socios. El funcionamiento es muy sencillo; con una periodicidad que aún está por determinar, se escogerá un libro que todos los miembros del Club leerán y pasado el plazo establecido para su lectura, tendremos una reunión/charla en Pozalmuro con el fin de debatir sobre el libro de manera respetuosa, tanto desde el punto de vista literario, como desde el punto de vista de las impresiones y sensaciones que su lectura nos ha suscitado. La intención es que a la reunión acudan el autor o la autora para ilustrarnos sobre los motivos que le inspiraron y hablarnos de sus protagonistas.

Empezaremos en breve, y esperamos que sea todo un éxito.

Os animamos a formar parte del Club!!

Susana también se nos ha ido

•2 agosto 2021 • 2 comentarios

Como si todo estuviera prefijado, como si el destino lo tuviera pensado, el mismo día que despedimos a Maripaz, tocó hacerlo también con Susana, la madre de Alfonso y Alberto, la del Florencio. Hace tiempo que ya no la veíamos, pero la recuerdo de cuando chicos; una mujer de las de entonces, trabajadora, dedicada a la familia y a las faenas, siempre amable con nosotros, cuando pasábamos a ese cuartito con el brasero a buscar a Alberto o a esperarle mientras iba a por la raqueta, esa raqueta de madera con la que ha ganado tantas veces al frontenis.

O cuando íbamos a tomar café el día de la fiesta, después de cenar, siempre nos acogía con cariño a todos, aunque alborotásemos más de la cuenta.

Susana fue una mujer discreta, sencilla, abnegada, recogida, y a la vez, entrañable; ahora ha descansado, tras unos últimos años de deterioro, pero al final su vida se ha ido agotando lentamente, muy despacito, hasta apagarse de forma tranquila, para irse a descansar en el cementerio del pueblo junto al Florencio, juntos bajo la misma tierra hecha de idéntico material como el que tantas veces habrán cultivado juntos.

Un abrazo muy grande para Alfonso y Alberto, sus nietas y demás familia. En esta ocasión carezco de imágenes de Susana, pero todos la tenemos en el recuerdo.

Nos hemos despedido de Maripaz

•2 agosto 2021 • Deja un comentario

Este fin de semana, Maripaz se ha quedado en el pueblo. Para siempre. Ya tenía previsto su viaje para ese día, que la trajera Lolo, instalarse en su casa, y pasar el verano con la familia, los amigos de la infancia, los recuerdos de niñez…en fin, regresar a su Pozalmuro querido. Venía todos los años para disfrutar viendo ganar a Julito siempre algún torneo de habilidades, léase bolos, calva o cualquier cosa en la que compite, porque este hombre hace a todo, la verdad; venía para gozar escuchando a Lolo amenizar la misa los días de la fiesta, orgullosa de él; para pasear por la carretera cuando caía el sol, por la tarde, acompañada de unos o de otros; para pasar a saludar a la Nines o a la Pili, que no las veía desde el año pasado; para contarnos que había sido bisabuela y estaba feliz y contenta por ello; para contarnos de sus nietos a los que adoraba, o para bajar a Masegoso el día 17 y participar de todo, bailando con sus hijos si era preciso, y deleitándose con el chorizo y el salchichón; riéndose con sus vecinos, recordando a su Julio junto a la fuente, divertido como era él.

Pero la vida tiene estas cosas: el día que tenía previsto venir, ha venido, esta vez para quedarse definitivamente y no regresar a Castellón, descansando junto a sus padres y su marido, después de celebrar su funeral en el mismo lugar donde fue bautizada, donde tomó su primera comunión y donde contrajo matrimonio. No considero que pueda haber mejor manera de cerrar el círculo de una vida, acompañada además, en la despedida, de todo el pueblo, de la familia y de tantos que la querían. Yo la recuerdo siempre sonriente, elegante, cariñosa y ahora, últimamente un poco sordita; pero hasta ese pequeño deterioro acústico la hacía más adorable.

Cuando cada año regresaba a Castellón, sospecho yo que Maripaz iba contando hacia atrás los días que le faltaban para volver a Pozalmuro al año siguiente a su casa, a los recuerdos que allí tenía tenía de la tía Nicolasa y del tío Manuel, o de sus hermanas Benita y Angelita, o del Poli; a los recuerdos de los inviernos fríos y la nieve tapando las puertas; o de las coladas en la fuente vieja quebrándose la piel por los hielos. Serían años duros, sin duda, pero hermosos, tanto que la empujaban como una fuerza descomunal a volver, y volver y volver siempre. Incluso esta última vez.

David, Lolo, Paloma y Julio; un beso muy grande de todos. Vamos a echar de menos a vuestra madre, os aseguro que se va a notar su ausencia. Siempre la recordaremos.

Dejo por aquí algún recuerdo de ella que espero os alegre un poquito la despedida.

Comida popular 2013
Masegoso 2014
Masegoso 2014 Maripaz con Angelines
Salida de misa 15 de agosto 2011
Comunión 15 de agosto de 2014
En la procesión el verano de 2016

Feliz Navidad a todos y mucha salud

•23 diciembre 2020 • 1 comentario

Qué extraño ha sido 2020. Qué diferente a todo lo que habíamos conocido. Qué inquietante, incierto y desagradable. Qué doloroso, qué triste y qué largo. Qué trágico, traidor y deprimente ha sido este año.

Cuán lúgubre, turbulento y descorazonador. Qué sufrimientos ha traído, qué llantos ha provocado, qué miseria ha generado, y cuánto se ha padecido con él.

Pero cuánto también nos ha enseñado. Qué es lo importante. Qué valor tiene la salud, qué necesaria es la familia, los amigos, los tuyos. Cómo lo pequeño es grande, y lo superfluo innecesario. Hasta qué punto nuestros cimientos son frágiles, y lo escaso se torna suficiente. Qué valor tiene un abrazo, un beso, una caricia. Cómo su falta nos duele. Cómo la cercanía es necesaria, y el cariño imprescindible. Qué trascendente es la salud, la nuestra y la de los nuestros. Qué desgarradora es la ausencia, la distancia, cuando nos prohíben estrecharla. Cuánto dura una despedida, y cómo necesitamos vernos, tocarnos, sentirnos y expresarnos. Echamos en falta las sonrisas que ocultan las mascarillas; tan solo tenemos las miradas, aunque un guiño sea suficiente para desvelarlo todo.

Hemos aprendido y seguimos haciéndolo. A esperar. A ser más pacientes. A hablar más con los demás. A preguntar más a menudo por ellos. A ayudar, si es necesario. A disfrutar de los momentos en compañía. A conformarnos con menos. A no escatimar «te quieros» o «te echo de menos». A pensar cómo estarán los otros, aquéllos de quién no nos ocupábamos tanto hasta ahora. A querer tener a nuestro lado a personas a las que dedicábamos poco tiempo. Y a disfrutar. A disfrutar más de los momentos; sobre todo de los pequeños y sabrosos momentos que antes ignorábamos o desechábamos porque la vida los relegaba como insignificantes.

Claro que hemos aprendido. No sé si cambiaremos, como nos decían al inicio de todo esto. Yo creo que no, que es difícil que cambiemos como sociedad. Al menos, de inmediato. Una transformación personal no es posible, porque es consecuencia de modificaciones mucho más complejas en las estructuras sociales. Pero me niego a pensar que no haya comportamientos que no hayan cambiado. Y aunque solo lo hayan sido durante esta etapa, habrá sido positivo.

Todos los que habéis perdido a un familiar durante la pandemia, por ella o por cualquier otra razón, sabéis lo duro que es. Habéis sufrido en vuestras carnes el miedo, la soledad y la impotencia, pero también la cercanía de quienes os quieren, e incluso de aquellos que no os lo demostraban habitualmente, y en los que habéis encontrado consuelo. Lo mismo ocurre con quienes los problemas graves de salud se han cebado en este negro año que recordaremos siempre. Los apoyos de los nuestros son tan necesarios…

Pues bien, entre tanta negritud hemos de extraer lo positivo. La fuerza de las personas, el empuje y el valor de muchos. El trabajo desinteresado de tanta gente por salvar vidas y también por salvar empleos.

Y en Pozalmuro, no debemos olvidar dar las gracias. Gracias a todos los que se mantienen allí, al pie del cañón. A los que trabajan día a día por que perdure y lo hacen para todos. A los que tan solo viven en nuestro pueblo y hacen que siga vivo. A los que desde lejos nos animan con constantes recuerdos, ideas, e iniciativas para mantener la llama; a los que participarán en la hoguera de Navidad solo para no perder la tradición. A quienes nos animan a volver, a los que insisten en que nos esperan en cuanto podamos ir, a pesar del miedo a este virus imprevisible. A los que escuchan nuestras propuestas y nos permiten llevarlas a cabo. A los que, en fin, nos mantienen unidos como grupo, debemos darles las gracias.

A todos os deseo una Feliz Navidad, este año más que nunca en casa, con los más cercanos, apretando los puños para que sea la última en estas circunstancias, para que nuestros seres queridos nos sigan acompañando muchos años más, rodeándonos de su cariño, de su experiencia y de su visión de la vida.

Feliz Navidad a todos, y mucha salud. Nos vemos pronto en Pozalmuro.

hoguera de navidad 2014

En recuerdo de Rafa Gil

•1 noviembre 2020 • 6 comentarios

Este irreconocible verano, continuación de una primavera luctuosa, extraña y agitada, presidida por el maldito coronavirus, nos ha dejado noticias tristes y despedidas agrias. Al fallecimiento de nuestro amigo Ismael, víctima de esta maldita pandemia, y de nuestra querida Puri, se sumó en medio de las vacaciones la despedida del Rafa.

He pensado mucho sobre si escribir un post sobre Rafa, no porque no lo merezca, sino porque él, con su socarronería habitual, me decía que no quería que escribiera algo en su recuerdo, porque ello significaría que ya habría muerto. Pero el cuerpo me lleva pidiendo semanas hacerlo.

Rafa era un tipo diferente, con un sentido del humor vital, positivo y práctico. En el último año le preguntabas cómo estaba y siempre te contestaba que bien, a pesar de sus dolores de cadera y severas dolencias. Rafa adoraba su pueblo, su tractor y su agricultura, a la que se ha dedicado hasta el final. Subirse a su máquina para sembrar le daba vida, salir de madrugada al campo lo llenaba de alegría, y pasear con sus perros por el monte, ayudado en sus últimos años de esa gayata que era parte de él, le permitía disfrutar de esas tierras que tanto amaba.

Rafa no se escondía de la realidad, sabía que la vida tiene un final y recuerdo con una sonrisa cuando, ya hace más de tres años, debajo de La Lastra, nos contaba a Pilar y a mí la anécdota del metro, que por lo que me reveló Rafita el día de su funeral, la contaba a todo el mundo. Pues eso, que la vida es un metro, lo queramos o no, y que él llevaba ya consumidos setenta y tantos centímetros; y que, mal o bien, lo que le quedaba era ya mucho menos de lo que había vivido. Y que sí, que podía estar bien en ese momento, pero que el metro es el metro, la vida es la vida, y que él sabía en qué lugar estaba ya. Todo esto dicho riéndose, y con esos aspavientos tan particulares con los que aderezaba sus conversaciones.

Rafa era divertido, te podía gustar o no su tipo de humor, pero si te juntabas con él delante de su casa, o en la plaza, lo que no te iba a faltar era conversación. Y otra cosa, sabías que siempre había alguien ahí, la Conchi y él siempre estaban en el pueblo. En ese recuento que todos hemos hecho cien veces de las casas que estaban abiertas en Pozalmuro, la Conchi y el Rafa eran los primeros en la suma, los que no habían abandonado, los que vigilaban lo que pasaba por allí , en primavera, en otoño y en invierno, que en verano ya estamos todos. Conchi, según me dijo, se quedará, manteniendo abierta la casa, esperando a sus hijos y sus nietos, la alegría ahora de la casona.

Sus últimos días fueron difíciles, pero los vivió con entereza castellana, con el mismo humor que atesoraba, y pidiendo algunos pequeños caprichos gastronómicos, que sabía serían los últimos. Y su familia se los daba, no faltaba más. Estoy seguro que él hubiera preferido terminar en Pozalmuro, pero su situación lo impidió. Ahora bien, ya reposa allí, en nuestro cementerio, donde también están sus padres, y donde él querría acabar con toda seguridad, formando parte de esa tierra que le vio nacer y que le permitió vivir. El día que no pueda montar en el tractor me moriré, me decía, y así fue. Porque el campo, la labranza, la cosecha, eran para él su vida. ¡Cómo me recordaba en sus últimos años a su padre, el Epifanio! Sobre todo desde que utilizaba gayata. Los veo a los dos, con cuarenta años de diferencia, sentados a la puerta de su casa, tomando la fresca, con el cayado. Traté poco al Epifanio, pero físicamente se parecían mucho (honra merece quien a los suyos parece, dice el refrán).

En fin, que se nos ha ido, y va a dejar un espacio enorme, insustituible, en nuestros corazones. En mi casa se le quería, no sé si se lo habremos demostrado suficiente, pero le teníamos, le tenemos, un cariño enorme (a pesar de que, cuando chicos, a veces no nos devolvía las pelotas que entraban en su corral; ahora que nos hemos hecho como él, lo entendemos, qué pesados éramos los chavales llamando constantemente a su puerta). Por cierto, hablando del frontón, alguna vez se animó con la raqueta, bravucón como era, retándonos a jugar a pelota-mano, insistiendo en que lo de valientes no era el frontenis, sino la mano. Igual también tenía razón.

En fin, Rafa, que se te va a echar de menos en Pozalmuro. Conchi, Rafa y Víctor seguro que mantienen tu recuerdo vivo, y nos cuentan tus hazañas y chanzas, porque has dejado muchas anécdotas. También tus hermanas van a estar ahí para recordarte. El próximo verano ya no podrán compartir contigo las tardes a la fresca, leyendo en las sillas que forman ya parte de la una escena veraniega de Pozalmuro, pero cuando hablen de ti, lo harán, todos, con una sonrisa. Yo también.

Descansa en paz, amigo.

San Roque ya está en la iglesia

•4 julio 2020 • Deja un comentario

Tras el período de hibernación en la ermita de su nombre, en ese confinamiento invernal al que se somete todos los años desde septiembre hasta junio, la imagen de San Roque ya está de vuelta a nuestra iglesia, donde pasará el verano, y participará de los actos religiosos que Pozalmuro celebre nuevamente hasta septiembre. San Roque es uno de los santos a los que se venera en nuestro pueblo; su ermita rezuma historia desde que se construyó allá por el siglo XVIII, según reza en su entrada, salvo que alguien más informado nos diga que es el resultado de construir sobre otra edificación anterior, cosa que yo desconozco. Las coletas de las niñas, colgadas de las paredes, son un recuerdo interesante de cómo se vivía antes la fe.

La imagen actual del santo, con la vara en la mano derecha, las conchas propias de los peregrinos de Santiago y el can que le acompaña con un mendrugo de pan en la boca se identifican con las virtudes y características vitales de San Roque, que fueron loadas por don Alfonso en la misa matutina de ese domingo. Este monje francés, al parecer nacido en Montpellier, peregrinó a Roma y en su viaje a Italia contrajo la peste, que en aquellos años asolaba el país. Haciendo gala de gran caridad se dedicó a curar enfermos, motivo por el cual también él la contrajo. Se aisló para no contagiar a los demás, esperando la muerte. Parece ser que en tales circunstancias, un perro le llevaba todos los días algo de pan, como se observa en la imagen del santo, y salvó la vida. Más adelante, siguió su labor de sanación con los más afectados por la pandemia.

A diferencia de otros años, al estar prohibidas las romerías, la traída del Santo este año no pudo hacerse de la manera habitual, caminando desde la ermita hasta el pueblo, sino que se llevó a cabo por medios mecánicos. En el portegao de la iglesia esperaba nuestro párroco don Alfonso y algunos pocos vecinos para introducirlo en su residencia de verano. Así lo hicimos. Por cierto, desde aquí un agradecimiento a Javier Laseca que se ha dedicado pacientemente a arreglar las artísticas piedras del suelo del pórtico que se hallaban muy deterioradas por el paso del tiempo y las personas, obteniendo un extraordinario resultado.

La devoción por el Santo en Pozalmuro no debe ser reciente. En mis incursiones por la genealogía de mi familia, descubrí que para al menos dos antepasados de mi padre, de la familia Hernández, se escogió el nombre de Roque. El 6 de julio de 1726 nació mi abuelo Roque Hernández Calabia, que casó con Manuela del Río Gómez de El Espino. Vivió hasta 1792, es decir sesenta y seis años, edad poco habitual para aquella época. Años más tarde, un nieto suyo también recibió el mismo nombre, Roque Hernández López, nacido el 14 de julio de 1772 y casado en 1800 don Cipriana Delgado Ciriano, también de Pozalmuro. Todos ellos vivieron en nuestro pueblo.

Coinciden ambos aproximadamente con la época de construcción de la ermita y con la advocación de la misma a nuestro San Roque. Curioso. Luego no he detectado otros Roques en mi familia, pero con toda seguridad los habrá también en otras ramas del pueblo, porque la devoción no iba por familias sino por comunidades y municipios. Sin duda, muchos podréis compartir el conocimiento de otros Roques en las vuestras.

Bienvenido, Roque.

Desde la plaza-2 Caldihuela alante

•31 mayo 2020 • 5 comentarios

Salgo del bar, de nuestro teleclub, y recuerdo a la Rosario y el Nicanor, en esa cantina que lo era todo: vinatería, tienda de ultramarinos, su propia casa…Yo era un crío y mis recuerdos son lejanos, pero allí entrábamos a comprar y me parecía un espacio muy pequeño, muy desordenado, las cajas unas encima de las otras, los sifones y las gaseosas La Revoltosa por el suelo, y el Nicanor al otro lado del mostrador despachando con su parsimonia natural y con su lentitud de verbo. La Rosario era distinta, se alteraba enseguida, o igual es que la hacíamos rabiar, no lo sé, pero siempre la recuerdo enfadada. No tenemos que olvidar que regentar un establecimiento así en el pueblo, el único entonces, sin horario de apertura, o más bien con apertura permanente, no debe ser fácil. Los clientes somos bastante impertinentes y si, además, eres del pueblo, te crees con más derechos que nadie para exigir. Así que ahora entiendo perfectamente el mal humor de ambos. No recuerdo haber entrado nunca en su vivienda, o quizás sí, ya no lo sé, pero por el tamaño de la fachada de la casa no podía ser muy grande. Ahora ya ha desaparecido; un muro de piedra rodea lo que en su día fue la tienda del pueblo.

¿Y de San Antón, qué me decís? Una vez pasada la báscula, esa que esta primavera ya ha sido eliminada por el Ayuntamiento, se encuentra San Antón, conocido como el Humilladero. Yo ya no lo recuerdo en su propia esencia, para lo que en realidad fue construido. O sí, pero poco. La memoria me llega mucho más cerca cuando, una vez desacralizado, nos sirvió de terrizo. Es pequeño, pero anda que no dio para risas, juergas y miradas divertidas; dio bastante juego y ahora me parece más pequeño que entonces. O quizás es que no teníamos otra cosa y nos conformábamos con poco. Pero los más mayores conocen perfectamente cuál era su uso inicial. Para el Día del Señor o del Corpus, no lo sé bien, se pasaba a los niños bajo flores, imagino que tiene que ver con el término «humilladero».  Seguro que los mayores lo recordarán. En fin, el arco de la entrada con sus piedras de sillería tenía un importante valor; todavía se ve. Hoy vuelve a tener, en invierno, un uso religioso para que, los domingos, los parroquianos no tengan que subir la cuesta de la iglesia, con las bajas temperaturas que acostumbra a haber en Pozalmuro, y para que no se congelen las manos durante la homilía, que allí dentro, cuando hace frío, hace mucho frío.

Encaro la Caldihuela, que alguien me diga qué significa este nombre, por favor. Es evidente que «cal» es una abreviatura de calle, «di» entiendo que significará de, pero la parte final del nombre me desconcierta. Con toda seguridad habrá especialistas que nos podrán sacar de dudas. Al igual que pasa en las ciudades, hay calles que las pisas menos, aunque estén cerca de tu casa; no se sabe porqué pero en una dirección vamos más que en la otra. Pues bien, en Pozalmuro yo era poco de la Caldihuela, aunque aún recuerdo algo. Y mira que es una calle que para las bicis es espectacular. De la Caldihuela lo primero que me viene a la memoria es el señor Paco Romero y también su hermano Arturo. Pero sobre todo, el Paco. Como yo era un niño gordito y fuerte, el hombre siempre me paraba en la calle al pasar por su casa, y me decía que me parecía a Urtain, que era el ídolo pugilístico de aquel entonces, y nos poníamos a hacer como que boxeábamos. Esto fue a principios de los setenta, qué lejos se ve ahora. Siempre nos tuvimos mucho cariño el señor Paco y yo, y sentí mucho su muerte. El padre de los Romero, era el tío Sixto. Yo no le recuerdo, pero sí he oído muchas veces su nombre cuando en la familia se cuentan recuerdos del pasado.

Antes está la casa del Arsenio y la Asunción. Allí vivió antes el padre del primero, el señor Gervasio, a quien tampoco conocí. La Asunción está fenomenal; a pesar de su edad, tiene la cabeza en su sitio, y en verano siempre vuelve al pueblo que tantos recuerdos le trae; le gusta pasear con su andador parándose a hablar con unos y otros.

Casi enfrente de la Asunción viven Jesús y Pili, en una hermosa casa que, antes de reformarse, lo fue del señor Conrado y su mujer, padres de la señora Hilaria, a la sazón madre del Jesús. Se mantiene así una casa familiar.

Al otro lado, la casa del Sr. Antonio, el padre de la señora Ilde y de la madre de Cándido García y sus hermanos que ya no viven en el pueblo, vivienda que actualmente está en venta o, al menos eso reza en su fachada. Cándido y su mujer ahora viven algo más abajo. Se ve que no quiso abandonar su  calle y en ella se ha quedado, junto a los vecinos de siempre.

Del Rani y la Andrea ya he hablado en este blog cuando nos dejaron. No sé si su casa se corresponde con la Caldihuela o su bocacalle tiene nombre propio, pero su casa la he frecuentado con Javi, una vez para llevarme un caldero de agua sobre la cabeza; algo estaría haciendo, ya no recuerdo qué. Pero en fin, era verano y tras el chaspazo inicial, imagino que se secaría pronto. Mi abuela Angelita y la Andrea se tenían tanto cariño que para mí siempre fue de la familia. La casa del Rani fue antes la de sus padres, el señor Marcos y la señora Teresa.

La casa de Gerardo y Carmen se deja a la derecha. Me cuentan que en esa casa vivió Juan el Sastre, antes de pasar a residir en la casa de los Mayorazgos, algo más adelante. Fijaos cómo sería Pozalmuro que tenía incluso sastre.  Cuando Gerardo y Carmen llegaron pusieron un bar en su casa, el segundo bar del pueblo, y abrieron también tienda de ultramarinos  durante un tiempo. Proporcionaban un importante servicio, pero lo cierto es que la despoblación no permite hacer rentable un negocio de esas características y desistieron del proyecto. En su día, había varios comercios, lo sabemos todos, y sin duda todos permitían ganarse la vida. Pensar que nuestro pueblo llegó a tener ochocientos habitantes en algún momento parece ahora imposible, pero así fue. En 1871, el libro de nacimientos de nuestro pueblo recoge VEINTINUEVE anotaciones. Veintinueve nacimientos en un año es una explosión de vida, de niños correteando por el pueblo, de alegrías y también de llantos, de necesidades habitacionales y de hombres y mujeres trabajadores. Veintinueve alumbramientos cuando no había luz eléctrica y los inviernos eran tan duros, pero en los que había vida a rebosar por nuestras calles.

Pasando el callejón, la casa de la señora Basilia, a la que tampoco conocí, ahí resiste el paso de los años, con su fachada en piedra, esbelta pero firme.

Ni conocí la casa del farmacéutico de entonces, como es natural. Pero era un caserón, distinguido por la categoría de sus dueños, pues no hay que olvidar que la farmacéutica, los médicos y los maestros eran entonces personas principales. Ahora es la casa de la María Paz, de Merche y Cristina, una preciosa casa de verano. Saliendo de ella, a continuación vivió Custodio Espuelas, el padre de Aurelia, y abuelo de Inma, amiga de la infancia de nuestro terrizo. Custodio fue uno de aquellos cuatro amigos que dejaron aquel poema grabado en una piedra al pie de San Roque: «Adiós Pozalmuro, adiós; adiós San Roque Bendito, aunque me voy no te olvido». El mundo es muy pequeño, veintitantos años después, Inma y Pilar, mi mujer, han coincidido laboralmente trabajando en la misma empresa y el nombre de Pozalmuro, qué grande es, les une de alguna manera. Aurelia todavía vive, aunque la salud ya la tiene deteriorada pero siempre tiene su pueblo en el recuerdo y se emociona al oír hablar de él.

Antes nos hemos dejado a la señora Ilde, que vivía en ese esconce de la calle, junto a la carpintería. Siempre la recuerdo de riguroso negro, aunque con seguridad no sería así. Santi y Miguel vienen todos los veranos a recorrer nuevamente las calles de su pueblo, a decir misa el Miguel en fiestas para ayudar a don Alfonso en su tarea de agosto, que no sé nunca cómo puede dar abasto con tanto pueblo, tanta fiesta y tanta ceremonia continua. Recuerdo junto a la casa de la Ilde, ahí sí que me llega la memoria, la carpintería del Nemesio, de Hinojosa, que luego se trasladó. Como decía antes, el volumen de clientes potenciales, en este caso para una carpintería, era muy atractivo. Y antes estos negocios manuales eran necesarios en los pueblos. Se reparaba mucho, más que se compraba, y era precisa la presencia de artesanos en el tiempo del recorte de gastos. ¡Ay!, algunos directores financieros de ahora no les llegarían a la suela de los zapatos a ninguna de las mujeres de entonces en su imaginación para hacer de la escasez, abundancia.

El Aureliano, el Angel Dios, la casa del cura y del Goyo, la casa del Wences, en la que vivió mi madre en su infancia, junto a mis tíos y abuelos, con esa morera frondosa que da tan sabrosos frutos, y esa huerta maravillosa, de la que ahora disfrutan sus hijos y nietos; la casa de los Mayorazgos, con su escudo invertido, donde como hemos dicho vivieron también los sastres, y en ella mi amigo Fernando Cebrián, con el que ahora en Zaragoza, pasamos ratos divertidos jugando al frontón junto a un grupo de «jóvenes», tras lo cual nos deleitamos con unas cervecitas y rabas. Y por fin, el corral de los machos, haciendo esquina, donde sus dueños los recogían.

En fin, una calle con mucha vida, con muchos años, con mucha historia. Seguro que muchos de vosotros podéis aportar algo a través de vuestros comentarios. Os animo a que lo hagáis.

Otro día daremos otro paseo.

 

La felicidad

•31 mayo 2020 • 2 comentarios

Me ha parecido muy refrescante. Y he decidido subirla al blog. En estos días de tristeza y dificultades, un momento para la felicidad.

Heroicas. Mujer rural en Soria

•21 mayo 2020 • Deja un comentario

Bonito vídeo sobre mujeres emprendedoras en el mundo rural soriano. Cuánto mérito y qué gusto da verlas

 

Desde la plaza – 1 – Camino de San Roque

•14 mayo 2020 • 2 comentarios

Esta mañana, al amanecer, mientras entraban los primeros rayos de sol por mi ventana, José Mari ya rondaba por su corral, preparando la bicicleta para salir a sus quehaceres diarios. Siempre se levanta antes que nadie. O al menos, antes que yo. Poco más allá, Donato trastea con su huerto, porque siempre queda alguna faena por hacer en la deliciosa tarea del hortelano. Al fondo se divisa La Lastra, inmóvil, vigilante, dura y desnuda.

Pensando en el lento trascurrir de las horas decido aprovechar la maravillosa calma que nos brinda Pozalmuro para salir a respirar su evocador aire puro. Pocos pasos después, atravieso el frontón, recubierto de verde, y lo cruzo dejando atrás la parra de los abuelos y la casa del Santiaguillo, ahora de la Lumi. Al costado queda la casa del Poli y la Jose, pegada a la ya indicada del señor Juan, y bajo el escalón que da pie a la plaza. Acaricio la fuente, construida al tiempo que el agua corriente llegó al pueblo, y me encamino hacia Carrellana.

Carmen todavía no ha abierto el bar porque ningún parroquiano lo requiere a esas horas, en las que reina un silencio ensordecedor. Quizás a lo lejos parece escucharse el ruido de algún tractor, de esos que ya casi ni lo meten, pero es más fácil escuchar el piar de algunos pájaros que el hablar de los humanos. Dejo a la derecha la nave del Cándido, delante de la cual siempre ha habido una espectacular cosecha de pelotas de frontenis. Es una planta que nunca se acaba; se recoge el fruto y vuelve a salir una y otra vez; es inagotable. Y a continuación, rememoro los días de vaquillas en la era colindante, cercada por remolques, y en la que previamente habíamos construido el corralillo para alojarlas. Los más valientes decían que eran terneros, que casi no tenían cuernos, y los más miedosos nos escondíamos lo más atrás posible, aunque en alguna ocasión también nos atrevíamos a salir, queriendo emular a esos toreros que veíamos en la televisión, la única que había en aquel momento. Uno de los mejores era José Miguel Celorrio, el hijo del Rani. Tenía clase. Luego estaban los que tan solo hacían unos quites o se engachaban de los incipientes cuernos. Los revolcones eran sonados. Y para finalizar la faena, siempre estaba el Viti, el matarife, unas veces más acertado que otras, eso es verdad. Era nuestra plaza de toros.

A la izquierda queda la nave del Rafa, donde descansa su maquinaria agrícola, ahora ya engrasada por Rafita (bueno así le llamábamos cuando éramos pequeños; que actualmente ya es un policía respetado en Soria); y si seguimos hacia delante nos encontraremos con la casa del Echevarría, ese señor que, venido del Norte, se ha acomodado en nuestro pueblo enamorado de su caza, y que ya es uno más de nosotros. La siguiente vivienda, vacía durante casi todo el invierno, se anima en agosto, con la familia de la señora Felicitas. No sé porqué motivo me emociona todos los años saludar como cada verano al Isa, siempre tan dicharachero y cariñoso conmigo. No faltan nunca en Masegoso.

A la derecha queda el barrio del Lucinio y la Esther, dominado por el extenso jardín de Ángel con su tótem misterioso, por donde chospan los chicos de Alberto. Allí nació mi padre, en una pequeña casita que hoy nadie diría que podía haber albergado una familia. Resulta extraordinario pensar cómo era la vida en aquel entonces y como, de la escasez se hacía virtud. Eran otros tiempos, ni mejores ni peores. Diferentes. No conocí a mi abuela Jacinta, pero sus cuatro hijos siempre han hablado con mucho amor de ella. Se fue muy joven.

Y a continuación, la Asun y el José Miguel se están terminando una casa preciosa, con un estupendo jardín, en lo que fue la nave del Aureliano. Tenía muchas posibilidades y a fe que se las están sacando: las vistas son preciosas, con el Cabezo a un frente y en otra dirección la iglesia de nuestro pueblo. Casas nuevas en Pozalmuro, señal de una ilusión y de un proyecto que mantienen vivo el espíritu.

Cruzo la carretera, la que nos llevaría a Hinojosa y Pinilla y oriento los pasos hacia San Roque, la ermita de nuestros mayores, en cuyo interior cuelgan las trenzas de las chavalas de aquellos años, y que sirve de residencia invernal al santo, hasta que con lo bueno, regresa a la iglesia en una procesión cada vez menos concurrida, y que en su momento debió ser un símbolo de devoción. Dejo a un lado los almendros del Javier, mientras paseo por el camino recientemente arreglado, que nos permite caminatas ligeras y agradables. El invierno pasado se arreglaron todos los caminos del pueblo, para facilitar el tránsito de los vehículos agrícolas y de todos aquellos que nos dejamos caer por ellos. Los cazadores antes no tenían compañía; ahora, dada la facilidad de desplazamiento, se encuentran algún intruso, muy a su pesar. Algunos, pobres ignorantes, nos movemos por zonas hasta ahora inusuales, a la búsqueda de la seta, pero casi siempre los mismos, todos sabemos quiénes, ya se nos han adelantado. Nos consolamos diciendo que lo importante es el paseo por el monte y el almuerzo postrero, pero en el fondo nos mordemos las uñas cuando se nos adelantan los más conocedores del mundo de los hongos. ¡Qué le vamos a hacer, otro año será!

Hoy ya me vuelvo a casa, ni siquiera me llego a la Balsa, aunque con las lluvias de esta primavera sin duda dará gusto verla. He pasado la ermita y me he vuelto en la acequia de la Royada, donde mi madre tiene una parcela pequeña, el tacón la llama, o el pañuelo, en otras ocasiones. Era de mis abuelos Juan y Angelita, y me sirve para terminar el paseo. A la vuelta, con el monte a la derecha, repleto de tupidas carrascas, recuerdo cuando de chicos, viniendo los niños de las Cañadas, nos divertíamos haciéndonos los unos a los otros la puñeta, mientras cargábamos con cajas de refrescos repletas de cascos vacíos. En una ocasión, una culebra quiso cruzar el camino de un lado al otro del mismo. Acabó mal la pobre; esa ya no pasó más veces. Ahí se quedó, pasto de las hormigas y cucarachas. Lo pasábamos bien. Eran unos veranos deliciosos, todo diversión.

Otro día me daré otra vuelta. Os lo aseguro.

 

 
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